domingo, 19 de agosto de 2018

Museo del Transporte



Hay que rescatar el Museo del Transporte ahora convertido en salón de fiestas y que debería tener una función eminentemente educativa. La política científica del país ha sido tan errática y equivocada como la cultural. 

En 1970, el presidente Echeverría fundó el CONACyT con el objeto de planear, impulsar y promover las actividades científicas y tecnolóicas”, para lo cual debía “coordinarse con otros organismo gubernamentales”, y tan bien hizo su labor que en 1973 se desmanteló el Museo de la Aviación que se encontraba en la esquina de Izazaga e Isabel la Católica, para entregarle el edificio restaurado a os charros.

Los objetos que ahí se encontraban fueros empacados y remitidos a una bodega en el cuarto escalún de mantenimiento, que estaba junto a la puerta 9 del aeropuerto, según me contó el Ing. José Villela Gómez, que era el erudito autor de una Breve historia de la aviación en México, publicada por Moya Palencia y que nunca se reimprimió.

Por un lado, Echeverría fundó en Conacyt y, por otro, relegó al olvido a los principales tecnólogos mexicanos, cuyo recuerdo debería servir de estímulo a los jóvenes. El Museo del Transporte y el museo de Ciencia y Tecnología (ahora museo interactivo) deberían recordar la obra de algunos mexicanos, como el ingeniero Angel Lascuráin y Osio (1889-1957), quien nació en la capital del país, pero cuya familia tenía sus raíces en Alyto del Tízar, municipio de Alto Lucero.

Terminada la Primera Guerra Mundial, en que se usaron sobre todo biplanos, el ingeniero Lascuráin diseño un monoplano que se conoció como “tololoche”, por la forma del fuselaje, que recordaba a ese instrumento musical, y porque además estaba recubierto de madera contrachapada y cubierta por un barniz parecido al de los violines y otros instrumentos de cuerdas.

A bordo del quetzacóatl, que tenía el mismo diseño, pero era de mayor tamaño, y ya se había hecho en serie, Emilio Carranza realizó el primer vuelo sin escalas entre México y Ciudad Juárez el 2 de septiembre de 1927, cubriendo una distancia de 1,800 kilómetros en 10 horas y 8 minutos. De los quince aviones que diseñó el ingeniero Lascuráin, destacan el bimotor Lascuráin sport de 4 plazas que voló en 1939 y el bimotor aura para catorce pasajeros de los años cincuenta.

No hace mucho se le recordó en un artículo publicado en la revista Air and Space de la Smithsonian Institution, pero, de no ser por el mural pintado por Juan O’Gorman, que se encuentra en el aeropuerto internacional, los pioneros de la aviación en México estarían completamente olvidados y ya es hora de que se les rinda homenaje y se recuerde su labor. 

El Museo del Transporte me parece el sitio indicado, además de que algunas calles de las nuevas colonias o fraccionamientos deberían llevar los nombres de esos intrépidos. (Lascuráin no sólo diseñó aviones, sino que murió al probar uno de ellos).

(Política, martes 28 de noviembre 2006).

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